MYSTERIUM TREMENDUM

 

 

Lo primero que conocí de Castellá, antes que a él mismo, fueron sus nubes. Hace no demasiados años, en la galería Espacio Valverde de Madrid. Aquel fue el primer sorbo que di de su universo complejo, coherente y visionario.

 

Desde entonces he ido conociendo más facetas de su lenguaje artístico, un lenguaje polisémico y de poderosas relaciones semánticas. Un lenguaje que se articula para dar a conocer una realidad que, probablemente, sea inexpresable. Me gusta imaginar, debo confesarlo, a Castellá como un zahorí, como aquellos viejos sabios capaces de descubrir corrientes subterráneas por medio de péndulos o varillas en forma de “L” o de “Y”. 

 

Son muchas las utilidades que ha tenido el honesto trabajo de los zahoríes, quizás la más conocida sea la de encontrar agua para cavar un pozo; pero los zahoríes también encontraban minerales y piedras preciosas, objetos extraviados, corrientes de energía o personas perdidas. Tratan, en fin, de descubrir lo que está escondido, de destruir las apariencias, de resolver misterios. Y no cabe duda de que el misterio acaricia la obra de Castellá. 

 

Rudolf Otto fue un teólogo protestante y un estudioso de las religiones comparadas que murió antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Pese al dilatado espacio de tiempo que nos separa de él, se resiste al olvido gracias a su obra, que todavía sigue en cierta medida vigente. Investigó el concepto de lo sagrado, y lo conectó con lo misterioso. Manejaba un concepto que es el Mysterium tremendum, que vendría a ser el reflejo o la impronta que nos produce en el ánimo la irrupción del objeto numinoso. Lo numinoso es un enigma que reúne lo terrorífico con lo fascinante, es la simiente de la más profunda perturbación y el origen de dioses y demonios.  

 

¿Hay dioses y demonios en la obra de Castellá? No me atrevería a señalarlo, pero sí puedo asegurar que en los paisajes de sus obras podrían originarse y transitar. Como en aquel cuento de M.R. James en el que en un grabado irrumpe un demonio, en los cuadros de Castellá podrían perfectamente formarse criaturas. No sé de qué tipo serían, tal vez seres quiméricos, etéreos y casi imposibles de describir, pero lo cierto en que en su serie Nubes parecen estar esperando el momento oportuno para mostrarse. ¿O quién sabe? Quizás ya estén presentes para quien sepa verlas. Las nubes de Castellá son, en sí mismas, un enigma.

 

El misterio también traspasa la serie Ninot. La nube fantasmal se ha hecho sábana y, suponemos, que también carne. También se ha hecho dios, porque hay una crucifixión, pero también es un ser solitario en la noche azul, un cuerpo que se hace sólo visible por los pliegues de la tela que le cubre, o un testigo absorto que quizás prefirió no haber visto nada. Hay pocas cosas que podamos saber de este protagonista cubierto, ¿quizás solamente su nombre? Ninot. Un ninot es una parodia de nosotros, los humanos, es una sátira fabricada con materiales combustibles y destinada a arder. Castellá nos sugiere que el misterio, a veces, tiene un extraño e incendiario sentido del humor.

 

En la serie Oscura ya no hay montañas ni nubes, tampoco hay cuerpos cubiertos con sábanas. Pese a su nombre, no nos lleva a las tinieblas, sino que muy al contrario ilumina el monstruo que le obsesiona, y no es otro que el ser humano. La serie Oscura es un desfile de rostros y miradas, algunas más veladas que otras. Pero siempre miradas con dueño, profundas y oscuras, como venidas de algún abismo. Los cuerpos toman forma con un trazo preciso y quebrado, con unos colores de barro y tierra en los que el negro o alguna irrupción del rojo o del azul adquieren la consistencia de un pensamiento o una idea. “El misterio está aquí”, parece decirnos Castellá, como si lo hubiera desenterrado del inframundo, y nos lo sirve con la mirada de un artista que sabe que la realidad está poblada por ensoñaciones y espectros y que la metafísica es el último lenguaje de las cosas. 

 

 

Alberto Ávila Salazar, Madrid 2015.

¿Qué tienen en común una serie de nubes pintadas con factura realista, inquietantes retratos resueltos con pincelada expresionista, atmósferas metafísicas habitadas por hombres invisibles y meticulosos dibujos que parecen hechos por ordenador? Adentrándonos en cada una de estas series de Castellà descubrimos que en todas ellas subyace una labor de descodificación, un doble juego de ocultación y desvelamiento.

Castellà es un creador poliédrico que a través del diálogo con lenguajes artísticos del pasado y del presente patentiza la lucha de fuerzas entre el modo en que el arte ha tratado de preservar aquello irrepresentable de la identidad y el empeño de los expertos por exhumar el misterio de la representación.

Figuras de rasgos desfigurados, vistas a través de parabrisas, con manos ancladas al volante y ojos insomnes; personajes velados por un denso humo en antros nocturnos; envoltorios antropomórficos que revelan identidades tránsfugas; Giocondas cuya enigmática sonrisa se esfuma bajo oscuros barnices que traicionan los esfuerzos de historiadores y científicos por desencriptar lo que esconde esa mujer de mirada sesgada…, todo ello nos lleva a reflexionar sobre el rostro como máscara cambiante, sobre la identidad que se construye en ese trasvase perpetuo entre lo visible y lo invisible, entre ese vaciarse de sí para llenarse de ello, en esa capacidad del alma para atravesar paredes, para esfumarse del aquí y ahora, y reaparecer un poco más lejos.

Incluso los nubarrones pintados, recortándose contra un cielo plomizo, aluden a esas dotes de ilusionista.. Para el artista, alzar la mirada hacia el cielo supone liberarse de las densas atmósferas urbanas que empañaba su obra anterior.  Entre el cielo y el mar, nos sumerge en espejismos de papel.

De hecho, su obra oscila entre el peso de la realidad y los trucos para eludirla. La estrategia es saber vivir en la ficción que cada uno construye a su medida, inventar siempre nuevas máscaras. Cuando cedes al discurso dominante sobre quien eres, la máscara social se adhiere de forma definitiva: “creyeron que yo era el que no era, no los desmentí y me perdí; cuando quise arrancarme la máscara, la tenía pegada a la cara; cuando la arranqué y me vi en el espejo estaba desfigurado” (Fernando Pessoa, Tabaquería)

 

Anna Adell. Barcelona, 2012.

Salvador Castella cierra (o más bien abre del todo) la exposición con una serie de nubes pintadas al óleo (... ) Una ventana abierta al cielo. Salvador vive y trabaja en la Horta de San Joan, donde lleva una vida independiente y luminosa.

 

Jacobo Fitz-James Stuart. Madrid, 2013.

A young Spanish artist from Catalonia, classically trained in art schools in Barcelona, Madrid and London. Castellà’s work has evolved over time, using different mediums from oil, to acrylic, watercolor and etchings. He recently has experimented using old car windshields, painted in a reverse execution technique, using bold imagery which combined with the transparence of the crystal, permeates this novel work in a surreal fashion- inspiring your imagination.

In another style all together, Castellà’s etchings are directly inspired by the lush landscape and it’s influence on the lives of the villagers of the small town he now calls home. It is a celebration of life, of the red earth and mountains, the blue sky and hot sun, the grapes and trees, of the hard work that constitutes the daily life in this region where life continues much as it has for the last few centuries. In this same village where Picasso once lived, and executed his earliest cubist painting in 1909.

 

Mougins Fine Art. New York, 2012.

La obra muestra en general, una iconografía obscura y densa que se centra en la figura humana. Las obras se alejan de lo que es una formación académica convencional para introducirse en un estilo entre el simbolismo del siglo XIX y la obra de Francis Bacon. Algunas figuras parecen situarse en ambientes cargados y obscuros que recuerdan a antiguos bares bohemios. Con una pincelada muy segura retrata hombres y mujeres aparentemente inacabados pero que sin embargo se manifiestan muy sugerentes. Utilizando únicamente los colores necesarios, cuerpos y rostros se desfiguran para mostrar de forma inquietante la psicología de los personajes. Con un marcado gusto por la imperfección y el dejar ir la mano para pintar inconscientemente lineas y trazos de los que surgen automáticamente figuras (...) Por último tenemos una serie de pequeños paisajes que, aún que presentan una estética totalmente diferente, mantienen la libertad en la pincelada, la austeridad con los colores y el gusto por sugerir más que por terminar.

Macia Coll. Diari de Menorca, 2003.

Strenge Klassische Schulung, gleichzeitig aber auch der Mut zum impulsiven Experimentieren sind Castella eigen:"ich riskiere es, zwei Ansätze in einem Werk zu vereinen."
Kunst kann seiner Einschätzung nach existieren, wenn es absolute innere Freiheit im Produktionsprozess und in der Wahrnehmung gibt :"Wenn man das Gemälde wirklich betrachtet geschieht etwas. Etwas, was über unseren Verstand hinausgeht."
Sein Appell an den Betrachter seiner werk ohne Hemmnisse, in völliger Freiheit und ohne Trennung von Betrachter und Bild aufzunehmen. Der Betrachter möge eins werden mit dem Bilds als ob es ein Teil seiner selbst wäre, als ob es Keinen Raum zwischen ihnen gäbe.”

Von Thomas Schmidt "Bremervörder Zeitung", 2001.

Seine Kraftvollen Darstellungen zeichnen sich durch ausgefeilte Reduzierung und Entfremdungseffekte aus . In seine Arbeiten flieBen Segmente der strengen, Klassischen Schule wie auch des mutigen und impulsiven Experimentierens.

 

Sabine Husung “Bremervörder Anzeiger”, 2001.

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